N.º 002 · Narrativa
La muerte de Tomás Alejo
El cuerpo de Tomás Alejo es encontrado cerca de unos descampados santiaguinos una fría noche de 1978. La noche, la bohemia y la ausencia de lágrimas esconden un secreto que solo conocen quienes han padecido la violencia que se presenta antes de que se empuñe un arma.
Por André Antükura
· 6 min de lectura · 1.252 palabras
I
Tres golpes secos en la nuca fueron los que recibió Tomás Alejo la noche del 9 de agosto de 1978, fecha en la que fue asesinado. Se encontró su cuerpo desangrado en un pasaje oscuro cercano a los descampados del antiguo Santiago que se levantaba entre la noche clandestina y bohemia.
Fue encontrado en la madrugada, el reloj de su muñeca marcaba cerca de las 6 de la mañana cuando ya había terminado el toque de queda para el presente día. Alejo fue hallado en uno de los pequeños y oscuros caminos de tierra que conectaban las casas en los terrenos tomados de la ciudad, espacios construidos por la misma población segregada, atrincherada en casas hechas a base de maderas y planchas.
Las instituciones policiales se hicieron presentes durante el resto de la mañana luego de que unos vecinos dieran aviso del hallazgo. Ahí se encontró lo que parecía la víctima de un crimen inesperado. El cuerpo frío, con más sangre fuera que dentro del difunto. Ante la investigación dieron cuenta de tres golpes entre la nuca y la cabeza con un objeto contundente. La cara desfigurada por impactos inestimables, además de hematomas en el resto del cuerpo, coronado por un corte largo y errático en el cuello.
Se encontró un fuerte hedor a alcohol que perseguía al cuerpo de Tomás, además le habían arrebatado todo su dinero, dejando con él solo los elementos de identificación y su ya mugrosa ropa. Junto a él también reposaban unos guantes delgados de tela, teñidos completamente de rojo por el líquido espeso y oscuro que brotó de las heridas de Alejo.
El arma asesina no fue encontrada. No existían más testigos que quienes denunciaron el caso, los cuales ya se encontraban apartados de cualquier sospecha. «Debió ser un asalto nomás», pensaban algunos. «Fueron los milicos por andar a esa hora», «Quizás en qué andaba metido que se lo ganó», dijeron otros.
La investigación se vio limitada a considerar como antecedentes sólo los guantes, el cadáver impregnado en alcohol y la sucia ropa de Tomás. El informe final daría cuenta de un hombre borracho al borde de la inconsciencia que fue asaltado y asesinado en la lejanía de las tomas de Santiago cuando iba camino a su casa. Todos pensaban que era un caso perdido, una investigación estancada en tiempos difíciles, donde nadie quiere preguntar quién fue y por qué. Finalmente solo quedaba ir a dar aviso a la familia que tuviese Tomás Alejo, las explicaciones del porqué no llegó a casa esa noche, estando tan cerca de la zona.
II
La familia Gutiérrez Huenchuman estaba establecida en una de las poblaciones ubicada a orillas del canal San Carlos. Su estirpe provenía desde la migración campo-ciudad del mismo siglo a la espera de una mejor vida en la capital.
Allí convivían muchos integrantes, entre primos y hermanos, tíos, vecinos y allegados, pero el núcleo familiar se componía por Tomás Alejo Gutiérrez de 43 años, su esposa Elena Huenchuman de 29 y sus tres hijos Amaro, Gonzalo y Pedro de 14, 13 y 11 años.
Tomás Gutiérrez, un trabajador a trato donde llamara la necesidad, se ganaba la vida a base de “pololos”. Tras largas jornadas de trabajo en los días que era solicitado, Alejo conseguía grandes cantidades de dinero en función de su esfuerzo, cifras que nunca eran vistas por su familia. Solo se aparecía a altas horas de la noche, volviendo de algún bar clandestino en estados de confusión extrema, con el olor inconfundible de aguardiente, tabaco y colonias dulces de la época, llegando marcado finalmente por diferentes labiales y chupetones alrededor de su cuerpo.
Algunas personas cercanas a la familia y aquel hogar en la población lo llamaban “El diablo”. Llegaba siempre en la madrugada aún oscura a maldecir toda la casa y golpear a su joven esposa Elena. En diversas ocasiones, otros familiares tuvieron que intervenir rescatando a los hijos que se enfrentaban y peleaban contra su padre. Los niños eran alejados, reprimidos por la intromisión, mientras veían como solo mandaban a Tomás a dormir, los vecinos solo escuchaban.
En más de una ocasión lo escucharon decir —Si no me queda plata, guacha de mierda. Ya te pasé la semana pasada. Un día voy a llegar y matar a todos aquí en esta casa maldita, y a los que se les ocurra sapear también. —Sembrando el miedo en cada persona que desafortunadamente haya escuchado las palabras del mandamás de la familia. Los días posteriores nadie hablaba de lo ocurrido.
En las horas siguientes después de los abusos y arrebatos de Tomás, solo quedaba Elena con lágrimas interminables. Así acariciaba y volvía a cuidar a sus hijos día tras día, aprovechando cada instante que el padre no se encontraba en casa para poder tener momentos felices y poder crear buenos recuerdos como familia. Incluso se unían a ellos algunos primos y vecinos. La vida parecía mejor sin la presencia del diablo cerca. Aunque nadie lo decía, todos lo pensaban. «Ojalá alguna noche simplemente se pierda con alguna peuca y no vuelva nunca más».
III
En horas de la tarde, posterior a la misma mañana donde se investigó el asesinato del hombre, fue ubicada e informada Elena Huenchuman. Acompañada por su hermano se encontró con la policía quien detalló los elementos del caso. —Lo más probable es que haya sido un asalto —dijo el policía—, un encuentro desafortunado con un hombre desesperado, o alguna prostituta en un prostíbulo clandestino… Por los guantes digo yo. Los mantendremos como evidencia de todas formas —terminó por explicarse.
La expresión del hermano de Elena se mantuvo imperturbable al escuchar el resto de los hechos y los detalles del homicidio. Mientras que la mujer mantenía una mirada neutra hacia el horizonte sin alteración alguna. Aunque estas reacciones le parecieron curiosas al policía, dio su trabajo por finalizado, el caso del asesinato de Tomás Alejo Gutiérrez iría a parar al montón de los incidentes no resueltos.
Al llegar a casa e informar del evento que algunos consideraron desafortunado, nadie lloró a Tomás. Solo respiraban en silencio cruzando miradas de complicidad entre cada integrante que terminaba por componer aquel numeroso hogar.
La certificación de defunción fue obtenida con rapidez dadas las condiciones del hecho. El velorio pendiente para recordar al muerto, nadie quiso realizarlo. Saltando directamente al servicio funerario para el posterior traslado hacia el camposanto y el entierro del asesinado. Elena se encargaría del trámite.
Durante la tarde del 11 de agosto en aquel hogar cercano al canal San Carlos. Se encontraba la esposa de Tomás, conversando con su hermano y arreglándose para poder terminar los trámites correspondientes al entierro de su difunto esposo. Se puso una vestimenta que consideraba acorde, se aplicó su única colonia de ocasiones especiales, y finalizó buscando sus accesorios para salir al trámite.
Sus hijos jugaban a orillas del canal, se escuchaban sus risas y gritos de fondo, como si nada hubiese pasado, ahí solo importaba ver qué más podían arrojar al agua y los saltos que daban en la tierra que no paraban de desparramar.
Elena se acercó algo molesta donde se encontraban los niños, viendo que entre ellos susurraban y volvían a reír sin parar.
—¡Amaro! ¿Tú tomaste de nuevo mis guantes? —preguntó la madre.
Amaro se volteó rápidamente hacia ella.
—No, mami, pero tome. —dijo, sacando de su bolsillo un billete de mil pesos—, para que se compre otros —terminó por decir.
Mientras tanto sus otros dos hermanos arrojaron al canal un cuchillo y la piedra ensangrentada con la que estaban jugando.
